Una Morbidelli en Berlín

Una Morbidelli en Berlín
Llegar a Berlín después de cruzar medio continente en moto produce una mezcla de emociones difícil de explicar. Y hacerlo con nuestra Morbidelli T1002VX, en una especie de conquista simbólica por cuanto supone alcanzar el corazón de Alemania con una máquina de “ascendencia” española, italiana y china, nos retrotrae, indefectiblemente, a las épocas en las que sí, con toda la intencionalidad posible, las conquistas significaban una poderosa muestra de exaltación patriótica.
Sea como sea, aquí estamos, frente a la majestuosa Puerta de Brandeburgo, uno de los escenarios más icónicos de Europa, que asistió durante siglos a episodios que marcaron el devenir del mundo moderno. Un lugar vinculado, entre otras personalidades, a Napoleón (que decidió en 1806 llevarse la cuadriga a París como trofeo de guerra), Adolf Hitler y Ronald Reagan, quien pronunció en 1987 una frase que quedaría para la posteridad: "¡Señor Gorbachov, derrumbe este muro!". Diseñada en homenaje a la paz prusiana de finales del siglo XVIII y, posteriormente, utilizada como orgullo nacionalista, actualmente es el monumento más identificativo de la ciudad y símbolo de la unificación alemana. Hay muchas películas recomendadas, pero sin duda una imperdible es “1, 2, 3”, una sátira política magistral dirigida por Billy Wilder, que nos brinda un retrato cínico y divertido del Berlín justo antes de la construcción del Muro.

Berlín también es la historia de su redención. El 9 de noviembre de 1989, el clamor popular finalmente provocó la tan ansiada caída del Muro. La celebración resonó en todo el planeta también a través de la música, y conciertos históricos como el The Wall de Roger Waters en la antigua Potsdamer Platz en 1990, que congregó a más de 300.000 personas, o la mítica actuación de Daniel Barenboim dirigiendo la Filarmónica de Berlín marcaron el nacimiento de una era de esperanza y fraternidad universal.
Muy cerca de la Puerta de Brandeburgo se alza el Parlamento (Reichstag). Fue aquí donde en 1933 se produjo el incendio del edificio, un hito trágico clave que Hitler y el NSDAP instrumentalizaron para suspender las libertades civiles, instaurar el estado de emergencia y consolidar el ascenso definitivo del nazismo al poder. Años más tarde, en 1945, la icónica imagen de los soldados soviéticos izando la bandera roja sobre sus ruinas (cuya histórica fotografía, por cierto, fue retocada con fines propagandísticos por la Unión Soviética) escenificaría el fin de la Segunda Guerra Mundial en Europa. Hoy, su cúpula de cristal transparente simboliza la luz y la recuperación de las libertades democráticas.

A poca distancia, el silencio se apodera del entorno en el Monumento al Holocausto. Este laberinto de 2.711 estelas de hormigón gris a diferentes alturas genera una atmósfera sobrecogedora, concebida para honrar la memoria de las víctimas judías del genocidio cometido por el régimen de la Alemania nazi.
Al recorrer los bulevares berlineses, es inevitable “viajar” en el tiempo hasta la Guerra Fría. En la East Side Gallery y en diversos tramos preservados de la ciudad se aprecian los restos del Muro de Berlín, la franja de la muerte que desde 1961 hasta 1989 separó familias, ideologías y dos mundos enfrentados. Era la separación de dos bloques económicos, políticos, culturales y sociales. En Checkpoint Charlie, el paso fronterizo más famoso entre el sector estadounidense y el soviético, ya no se respira la tensión de aquellos días en que los tanques de ambas potencias se miraron frente a frente a escasos metros. En su lugar, ahora se agolpan cientos de turistas en busca de una foto para Instagram.
Entre monumento y monumento, el asfalto berlinés nos regala simpáticos encuentros con la cultura del motor local. Ahí están los Trabant (o "Trabi"), los pequeños vehículos con carrocería de Duroplast y motor de dos tiempos que se popularizaron en la Alemania Oriental (RDA). Símbolo de la austeridad y del aislamiento comunista durante décadas, hoy son codiciados objetos de culto vintage que comparten las calles con modernas atracciones como los divertidos Mini HotRods, pequeños monoplazas que invitan a descubrir la ciudad a ras de suelo.
El trayecto cultural alcanza su cénit en el Neues Museum. Pocas figuras en el mundo provocan tanto magnetismo como el busto de Nefertiti, una obra maestra del arte egipcio que testimonia la pasión de la ciudad por la conservación del patrimonio mundial.

Rodamos junto al Palacio Real de Berlín (Berliner Schloss). Destruido tras la contienda mundial, ha renacido en pleno siglo XXI como sede del Humboldt Forum, uniendo la fachada barroca del antiguo esplendor prusiano con un interior de vanguardia museística. De fondo emerge la torre de Televisión (Berliner Fernsehturm), muy cerca de Alexanderplatz, con sus imponentes 368 metros. Su esfera encierra una curiosa anécdota: construida como símbolo del progreso y el ateismo del estado socialista de la RDA, la torre guardaba una ironía con la que nadie contaba; cada día soleado, el reflejo en su cúpula de acero dibujaba (y continúa haciéndolo) una nítida cruz luminosa.
Los berlineses no tardaron en bautizar con humor el fenómeno como “Rache des Papstes” (“la revancha del Papa”) y a la propia torre como San Walter, como burla al líder comunista Walter Ulbricht. Tras fracasar en su intento por eliminar el reflejo alterando la superficie, el régimen optó por un recurso propagandístico inverosímil: argumentó que la figura no era una cruz cristiana, sino un signo más “+”, en alusión al “positivismo socialista”.
Y es que, como dijera el escritor germánico Jean Paul, “Berlín es más una parte del mundo que una ciudad”. En ello seguimos con nuestra Morbidelli: recorriendo lugares increíbles del mundo con una moto que ya acaricia los 30.000 kilómetros en poco más de un año.
Keep on riding, go beyond the ride!
Quique Arenas.-